viernes, 10 de abril de 2020

Te quiero (Capítulo III)

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Ya llegó el viernes. Camino del trabajo ella piensa en que hoy, que todo estaba ya preparado y funcionaba correctamente, podría estar más tranquila. Sólo tenían que hacer un par de experimentos más cortos que el de ayer y podría ir a descansar el fin de semana.

Tras realizar el primero de ellos, que dura menos de una hora, se toma un descanso y, ya en la cafetería se sienta con Yago.
-          ¿Qué tal, reina?
-          ¿Tú también –le sonríe- paras ahora?
-          Claro –sonríe-, como paráis el aparato, nosotros también paramos.
-          Ah. Es cierto –hace una ligera pausa-. Y se me olvidó decirte ayer, gracias.
-          ¿Gracias? –se acerca un poco a ella- ¿Por qué me das las gracias Rebe?
-          Por animarme a hablar con Francisco y así fue todo estupendamente.
-          Ya ves.
-          Por –lo interrumpe- animarme, por esperarme, por ser tan amable conmigo, por los detalles que tienes, por tus dulces palabras.
-     Vaya –se reclina en la silla sonriente-, ten cuidado que se te derrite el corazón de hielo.
-       Bobo –le golpea con el dorso de la mano en el brazo-, luego dices que no te trato bien.
-          Es broma –la agarra la mano-. No tienes que darme las gracias, todo eso lo hago porque quiero y porque así lo siento, no hay nada que agradecer.
-       Pero –se sonroja al notar la mano cálida que la toca-, aún así, gracias por todo.
Un hombre se asoma a la entrada de la cafetería y llama a Yago para que vuelva al trabajo.
-          Bueno –se levanta apenado-, tengo que irme. Luego nos vemos a la salida.
-          No tienes por qué esperarme.
-          Sé que no tengo que hacerlo, lo hago porque quiero –y se aleja-.
-          Yago.
-          Dime –se gira antes de salir por la puerta-.
-          Se te olvida el walkie-talkie.
-     Gracias –roza su mano suavemente-, que sin esto no me coordino con el resto de la seguridad.
Se marcha por la puerta, mientras Rebe no puede apartar la mirada de la salida, hasta unos segundos después de que ya no se le vea. Durante unos minutos se queda sentada, con la mirada perdida y sus pensamientos sólo se centran en él.

Francisco consulta el tiempo que lleva el segundo experimento y comenta lo perfecto que está yendo todo. Todo el mundo se alegra. Pero a los pocos minutos.
-     ¡Alerta! ¡Alerta! Los parámetros están cerca de exceder los límites establecidos –resuena una voz metálica en el laboratorio mientras se encienden otra vez las luces de emergencia-.
-          Rebeca, otra vez lo de ayer. ¡Cada cual –grita- ya sabe lo que tiene que hacer, ayer lo recuperamos rápidamente y hoy no será menos!
-          Francisco –dice ella asustada-, los parámetros están por encima de los de ayer.
Como el día anterior, las órdenes se suceden y pasan unos minutos tecleando sin parar y revisando los datos que las pantallas ofrecen.
-          Francisco, no logramos estabilizarlo.
-          Lo veo.
-          ¡Francisco! –grita nerviosa-.
-          Apáguenlo, apaguen el acelerador cuántico. Dense prisa.
-          ¡A mi señal! –grita ella- Apagado en tres, dos, uno. ¡APAGUEN!
El personal se vuelve frenético, bajando palancas, activando protocolos en sus ordenadores, manipulando las herramientas que tienen cerca para lograr el apagado completo. Rebeca se queda observando el indicador de actividad del núcleo, esperando el momento en que el contador deje de subir.
La gente gritando “hecho” se va sucediendo por toda la sala, hasta que él último confirma el apagado general del acelerador cuántico.
Ella mira el indicador y pese a no ser creyente, empieza a rezar porque deje de subir. Un minuto, que se la antoja una eternidad, transcurre y los números siguen ascendiendo, cada vez a un ritmo mayor.
-          Francisco –se gira repentinamente y con cara de asustada-, no se para.
-     ¡NO! Avisa  a seguridad –se gira a su terminal-. Nosotros trataremos de controlar el acelerador.
Rebeca con un gesto rápido coge el walkie-talkie de la mesa y llama a seguridad para que inicien los protocolos de parada de emergencia del aparato. El trabajo se vuelve frenético en la sala, cada uno tratando de hallar un método que pare o al menos ralentice la actividad del núcleo.
-          Quietos todos –grita ella-, van a tomar el control remoto del sistema los de seguridad. Dicen que en menos de un minuto tendría que decaer la actividad del aparato.
Algunos cuentan cada segundo, otros sólo se quedan mirando a la nada y otros repasan los motivos que les trajeron a trabajar en esto, pero todos esperan impacientes la noticia de que realmente se está parando.
-          Estos niveles no pueden ser verdad –grita Rebeca al ver el indicador-.
-          ¿Qué niveles? –se acerca Francisco a ver los números-
Al leerlos se retira para atrás asustado. Apenas es capaz de dar crédito a lo que ve. Han subido demasiado rápido para cualquiera de los cálculos que habían realizado. Ni en sus peores pesadillas se había imaginado algo parecido.
-          Salid –atina finalmente a decir-, salid todos de aquí. ¡Rápido! Rebeca avisa a seguridad que procedan al cierre del complejo, en quince minutos va a colapsar el núcleo.
Coge el walkie-talkie nuevamente y avisa sobre las malas noticias a seguridad.
Se empieza a escuchar por la megafonía del edificio que se abandone de forma ordenada el complejo y salgan todos a sus zonas de evacuación en el exterior.

Tras cinco minutos, todo el mundo está fuera, sólo queda un guarda de seguridad y Rebeca en la puerta de salida.
-          Debería salir ya señorita –la aconseja mientras la señala la puerta-.
-          Pero mi amigo Yago aún no ha salido, ¿y si le ha pasado algo?
En ese momento aparece tras una esquina del pasillo y se encamina hacia la salida.
-          Tenía que coger la tablet en la que ver los progresos del sistema de cierre y del núcleo.
-          Venga –se apresura a decir el guardia-, salgamos, que ya no queda nadie.
-          Está seguro –le mira fijamente Yago-, ¿no queda nadie más?
-       Seguro, mis compañeros me han confirmado que sólo faltaban dos personas, y son ustedes.
-          Perfecto. Salid fuera que tengo que programar el cierre de esta puerta.
-      ¿Por qué? Se cierra sola –reclama ella mientras le aferra con fuerza la mano-.
-          Problemas de la electrónica –agita la tablet con la otra mano-, está dando errores y quiero asegurarme de que no va a fallar.
-          Yo –agarra su mano con más fuerza-.
-          Ve –la besa la mano-, que tengo que acabar con esto.
Ambos salen al exterior dejando a Yago trabajar rápidamente en los controles de la puerta.
De repente, las puertas automáticas se cierran ante la sorpresa de la gran mayoría. Rebeca se asombra, aún sigue él dentro. Y cuando trata de reaccionar, ve horrorizada cómo la puerta metálica exterior de la entrada principal empieza a bajarse. Sale corriendo hacía ella y apenas llega a cuando le falta la mitad por descender.
-          Yago, ¡Yago!
Comienza a golpear la puerta metálica, y sus gritos empiezan a mezclarse con el llanto. Un par de guardias acuden para alejarla de la puerta y aunque ella trata de resistirse a abandonar la entrada, la separan de allí.
Cuando parece que se tranquiliza un poco, aprovecha para robarles un walkie-talkie y volver a la puerta. Localiza el canal y presiona el botón para iniciar la conversación.
-          Yago, Yago.
Sólo un ruido de estática responde.
-          Yago –comienza a sollozar-, Yago.
-          Rebe –se oye por el altavoz-.
-          ¿Qué has hecho? ¿Por qué no sales?
-          Los cálculos están mal, al núcleo le quedan dos minutos para colapsar.
-          Pero…
-          Las compuertas de seguridad todavía necesitan cuatro minutos para acabar de cerrarse y contener la explosión.
-          Pero tú –las lágrimas recorren su rostro-…
-          Puedo desviar la energía y ralentizar el proceso del núcleo, si lo logro daré tiempo a que se cierre completamente el complejo.
-          Pero morirás dentro, no lo hagas.
-          Si no lo hago, moriremos todos y arrasará con todo lo que esté en un radio de kilómetro y medio. No puedo dejar que eso pase.
-          No, no puedo perderte.
Ruidos de teclas y palancas sustituyen la voz de Yago. Ha dejado el canal abierto, pero ahora dedica toda su atención a ganarle tiempo a un final que se aproxima inexorable.
Fuera, varias personas rodean a Rebeca, abrazándola y rezando porque Yago lo consiga.
Pasan los dos minutos y la tensión se comienza a notar. Aún faltarían otro par de minutos para evitar que la catástrofe salga al exterior. Algunos se arrodillan a suplicar a un dios, otros se sientan pensando en todo lo que cambiaran sus vidas si salen de esta. Unos pocos miran al cielo, disfrutando quizá de su último momento.
-          Rebe, zssst, Rebe.
-          Yago, dios mío, Yago.
-        Ya está –tose gravemente-, ya da tiempo a que zssstt erre. Se cerrará a zssstt po.
-          Lo has hecho, nos has salvado a todos. ¿Me oyes? Nos has salvado a todos.
-          Bueno zsssttt –tose nuevamente-, no podía dejar al mundo sin tu presencia.
-          Yago, te quiero, ¡te quiero!
Un sonido de metal rozando contra cemento se escucha rugir por todo el edificio, la señal inequívoca de que está totalmente aislado del exterior. Los gritos de alegría, los abrazos, los choques de manos empiezan a sucederse.
-          Yago, ¡¡Yago!!
-          Detente –se agacha Francisco junto a ella-, ya ninguna señal puede entrar o salir del edificio.
Rebeca se queda sentada mirando el walkie-talkie, sus lágrimas siguen resbalando por su apesadumbrada cara, no es capaz de soltarlo, como si fuera el último lazo que lo une a Yago. Algunas personas se aproximan a consolarla y a decirla que ha sido un héroe.
Un fuerte estruendo sacude la zona. Es como un pequeño terremoto que amenaza con tirar a todos al suelo. Las alarmas de los coches suenan en varias manzanas, algunas alarmas de locales también. Durante casi un minuto prosigue, descendiendo en intensidad, hasta que por fin se detiene.
El walkie-talkie cae de las manos de Rebeca e impacta contra el suelo, instantes antes de que ella se desmaye en los brazos de aquellos que estaban consolándola. El desvanecimiento la atrapa y justo en el momento que todo se vuelve oscuro, cree ver la cara de Yago sonriéndola y diciéndola que todo va a ir bien.

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