Oh terrible destino, asfaltado con
los huesos de los caídos que, presuntuosos, trataban de cambiar de camino y
eludir al que teje lo que debe suceder.
Pobres infelices que en su
ignorancia ofendían a las divinidades, tratando de separarse en vano de aquello
que ya estaba escrito.
Pues oíd bien esta vez tú y tus
compañeros que os autoproclamáis dioses. Yo pelearé por cambiar mi camino y no pereceré
como los que aquí yacen, pues de sus errores aprendí. No hendiré el aire con
metal fraguado, ni protegeré mi persona a golpe de escudo o con cuero
tachonado.
Escuchad atentamente, será mi pluma
la que golpee con magnífica precisión y mi mente la que defienda con argumentos
a mi persona.
Y si he de ser consumido
por el tiempo, que mi hazaña vierta ríos de tinta que derroten el paso de los
años volviendo mi nombre inmortal y, así, viviendo más allá de la muerte, lejos
ya del reino del destino.
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