La noche apenas era más que la típica rutina de tránsito
entre un bar y otro, esperando que el frío de la calle no despejase mi embotada
cabeza, ya que unos cuantos whiskys me había costado llegar a ese punto.
Languidecía la fiesta y huir a otro lugar parecía lo
único aceptable a la alternativa de rendirse y volver a casa derrotado por una
helada madrugada.
Entre con un amigo en otro bar, repetición de la
jugada de siempre, saludos a los camareros, a la gente conocida del lugar,
charla distendida con las chicas que en un lejano día conocimos y de cuyo
nombre guardo un ligero recuerdo en mi memoria. La música, las anécdotas y
alguna broma hacen llevaderos estos minutos.
Pido un Jack Daniel´s con hielo, quiero disfrutar de
una buena bebida antes de retirarme, mientras me deleito con música rockera que
martillea en mi cabeza y me lleva a otro lugar.
De repente, una mujer con un vestido de rayas pasa
junto a mí durante un segundo, parece una estrella fugaz que se pierde entre la
multitud. Algo me ha llamado la atención, pero pienso que es mi nublada vista
la que no tiene muy claro que paso.
Vuelve la conversación distraída que hace que me
vuelva a relajar y disfrutar de la cálida sensación del whisky resbalar por mi
gaznate, mientras mis atontados sentidos luchan por discernir algo de lo que
hablan las chicas en medio de una canción de Marilyn Manson.
Y fugaz como se fue, vuelve la mujer que vi. Entre
la multitud la veo apoyada en la barra. De golpe la frase de un amigo me
asalta, hace semanas me comento que las mujeres que están en la barra buscan
algo. Sintiéndome gracioso por la conexión mental, se lo comento al amigo que
tengo al lado. Para mi sorpresa, se marcha presto hacía la mujer y se pone a
hablar con ella. Me quedo solo pensando en que seguro que la conoce y a saber que
le dice después de mi comentario.
Sigo deleitándome con mi bebida y con una canción de
Thirty seconds to mars. Pero antes de que acabe, mi amigo me llama, y me
presenta a la mujer que acaba de conocer, se llama Susana y apenas me sale mi nombre,
suerte la mía que la música alta camufla mi falta de energía al presentarme.
Una segunda vez repito como me llamo, más alto, seguro y cerca de su oído.
Las canciones se suceden y la conversación continúa
entretenida. Mi copa se termina, pero la sensación en mi cuerpo aún es cálida.
Ella se para y se excusa con salir a fumar. Sin saber si seguirla o no,
titubeo, y mi amigo nota mi indecisión, pero cuando me anima a acompañarla ya es
tarde para salir fuera.
Me quedo un momento reflexionando y digo que tiene
todo lo que podría soñar en una mujer. Mi amigo bromea diciéndome que si me
refiero a que me hace caso. Tras unas risas y un “serás cabrón” por mi parte,
le digo que no es eso solamente. Es su pelo castaño, su sonrisa que parece que
ilumina todo, su cuerpo de curvas suaves y delicadas, que sea escritora, que
viva y trabaje en una de las ciudades que amo como es Segovia. Podría haber
estado media hora describiéndola, y no creo que hubiese acabado de contar sus
virtudes.
Aparece un conocido y nos ponemos a hablar con él.
Es interesante lo que comentamos, pero mi cabeza sigue en esa mujer que ha
vuelto de fumar y con la que no estoy de nuevo. Ella se pone a hablar con el
DJ.
Entonces suena Queen y su famosa Who wants to live
forever. No sé si es una señal o no, pero me excuso y voy a hablar con Susana
de nuevo. Interrumpo su conversación preguntado si ella ha pedido esa canción.
Mi sorpresa es mayúscula cuando responde que sí, que es uno de sus grupos
favoritos.
Tras un rato que se me hizo un instante
intercambiamos puntos de vista sobre la actualidad, sobre la historia y sobre
la vida en sí misma. Me sorprende pidiendo una copa para mi aparte de su
cerveza, me dice que si bebes whisky con hielo, solo puede ser Jack Daniel´s,
eso, y que la camarera se acordaba de lo que había pedido yo antes.
Sin saber cómo hemos llegado a ese momento, estamos
bebiendo chupitos, esta vez ron miel, un caluroso deleite con un dulce final.
Me doy entonces cuenta de que estoy sonriendo, sin saber por qué.
Entre diversos temas acabamos hablando de lo que
sientes cuando estas enamorado. Ella me dice que lo sabe porque siente como se
le revuelve todo, y hasta la dan ganas de vomitar de la emoción. Yo me rio y
comparo su enamoramiento con una borrachera, a lo que ella responde que puede
que el amor la emborrache.
Sin salida para evitar la pregunta, y también, con
ganas de contestarla, yo digo que siento cuando estoy enamorado: “es una cálida
sensación que me invade, al ver a esa mujer que amo solo noto el suave sabor de
un dulce trago, como si el miedo, el dolor y todo lo malo desapareciese, y me
encuentro sonriendo sin saber por qué.”
Nos cierran el bar, en algún momento anterior, mis
amigos se marcharon. Ha pasado el tiempo, las horas y apenas ha sido un segundo.
Al salir al frío, parece que la magia entre nosotros se congela, la duda de que
decir ahora, donde ir queda flotando entre el vaho que amenaza con ser la
niebla que nos separe. Ese segundo es roto por su preciosa voz que pronuncia la
serie de palabras que nunca quieres escuchar cuando estas a gusto: “me voy a
casa”.
Se me paraliza todo, la mente, el corazón, hasta el
alma, y no precisamente por el frío que cala hasta los huesos de Valladolid. Rápidamente
una idea prende en mi cabeza, no sé si es pronto, puede que sea atrevido, pero
no quiero arrepentirme de “lo que nunca te dije”. Que pase lo que tenga que pasar,
es hora de arriesgar y preguntarla si la acompaño a casa.
Mi alegría ante su respuesta delata la afirmación
que susurran sus labios a la vez que esbozan una tímida pero feliz sonrisa. La
temperatura es bastante baja y mientras caminamos la abrazo tratando de que el
fuego de mi corazón también inunde su cuerpo. Viven cerca sus padres, aunque
hubiera preferido que fueran de Parquesol, de La Flecha o si hacía falta de
Madrid.
Llegamos al portal y la despedida parece más triste
de lo que quisiera admitir. Ambos decimos que ha sido un placer conocerte, que
me lo he pasado genial y todas esas frases tópicas que sueltas cuando lo único
que deseas decir es: “te quiero”.
Ya no quedan palabras que decir para despedirse, se
acerca el momento final y no estamos preparados. Una tímida frase de enlace
como “bueno, me tengo que subir” y mi nada gastada respuesta de “claro, yo
también tengo que irme”, nos pone en la incómoda situación del beso de despedida,
del miedo a donde darlo, de cometer el error y que parezca que la vas a besar,
o al contrario, no hacerlo cuando ella si quiere. Todo eso se agolpa en mi
cabeza, atontada por el alcohol, el frío y el incipiente amor.
Mi mano derecha se apoya en su hombro, nuestras
cabezas se acercan, con pequeños y nerviosos cambios de qué lado de la cara ofrecer,
nos aproximamos y en ese momento nuestros ojos se encuentran, y lo que eran
dudas, lo que eran pensamientos de todo lo que podía pasar, se transforman en
un acercamiento claro y decidido.
Nuestros labios se tocan por primera vez, y tras el
suave contacto inicial, profundizan poco a poco y rompen todas las barreras.
Mis manos acercan su cuerpo al mío, abrazándola, ella pone suavemente sus manos
sobre mi pecho. Nuestros labios se funden en besos cortos, y largos, en un
deseo de no perderlos, de no volver a respirar, de recordar cada detalle, de
separarnos y mirarnos asombrados de que realmente este pasando.
Amanece, como nunca antes lo ha hecho en mi vida. La
despedida es más un hola que un adiós. Ni siquiera se cuanto tiempo hemos
estado así hasta que finalmente nos hemos separado.
Y el resto, como se suele
decir, es otra historia... una historia con Susana.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarCuando empece a leer pensé que seria una historia de misterio o incluso de terror pero ha resultado ser un prologo de una historia de amor...¿Quizas una relacion autobiografica del autor?.Buen relato.
ResponderEliminarNada de autobiografia. La de terror para otro dia
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