miércoles, 8 de abril de 2020

Te quiero (Capítulo II)

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Amanece un nuevo día, un jueves como cualquier otro, si no fuese porque la mente de Rebeca está pensando en ese fallo que pueden haber detectado. Se levanta con ojeras, apenas ha dormido, tanto darle vueltas a lo que puede pasar no la ha permitido descansar.
Camino al coche evalúa mentalmente todo lo que podría causar problemas. Se imagina todo, desde que un fallo leve provoque que se retrase el experimento, a que falle en mitad de este y no sirva para nada. Incluso imagina el peor hecho posible y es que se descontrole todo y el núcleo empiece a colapsarse hasta que alcance una masa crítica y estalle arrasando con todo en kilómetro y medio a la redonda.
Trata de quitarse ese mal fario de la cabeza. Han hecho muchas pruebas previas y teóricamente todo está correcto. Además, hay mucha gente brillante junta y pensando en lo mismo, seguro que todo está controlado.

Son las nueve de la mañana y está nerviosa mientras todo el mundo se dirige hacia el laboratorio de pruebas. Antes de entrar una mano la agarra suavemente del brazo y la retiene durante un instante.
-          Pero que…
No acaba la frase al darse cuenta de que es Yago el que tira de ella.
-      Quería desearte buena suerte –mira hacia el interior del laboratorio-, ya sabes, antes de que      todo esto empiece.
-          ¿No –sus ojos buscan los de él- vienes?
-          No puedo, tengo que controlar que todas las seguridades están activadas y los protocolos listos.
-          Ya –se decepciona un poco-, tienes también tu parte.
-      Ey –la gira la cara para mirarla directamente a los ojos-, todo va a salir bien, ¿de acuerdo?
-          Sí, claro. Espero que así sea.
-     Ya verás que sí, tranquila, y si no –hace un gesto al botón del walkie-talkie- llamas, y voy al rescate, jajaja.
-          De verdad –sonríe-, no sé cómo te aguanto.
-     Pues porque hay un sentimiento –la señala y se señala así mismo- entre nosotros.
Una voz surgida de la megafonía insta a que todos entren en el laboratorio para que comience el experimento.
-          Nos vemos en un rato Yago.
-          Yo te veo siempre en mis pensamientos, reina.
Entra en el laboratorio con una sonrisa y la sensación de que todo va a ir sobre ruedas.
Mientras se da la charla inicial, ella repasa mentalmente la parte de la exposición que la toca contar y se repite una y otra vez los puntos más importantes a remarcar. Tras un buen rato de presentaciones y explicaciones, comienza por fin el experimento.

-   ¡Alerta! ¡Alerta! Los parámetros están cerca de exceder los límites establecidos –resuena una voz metálica en el laboratorio mientras se encienden las luces de emergencia-.
Rebeca y Francisco se abalanzan sobre los ordenadores que controlan el experimento, miran rápidamente los valores que ofrece y tras una rápida evaluación, ambos comienzan a manejar los teclados.
-          Francisco –grita apurada-, es lo que te dije anteayer.
-          Si, tenías razón. Inicia la rutina de la que hablamos, a ver si conseguimos controlar el experimento. ¿Cómo va el indicador de actividad del núcleo?
-          Sube lentamente.
-          Tenemos que estabilizarlo.
-          ¿Y si –gira la cabeza hacía su superior- no se puede?
-          Pues habrá que abortar el experimento, no podemos arriesgarnos a dañar el equipo.
Los minutos pasan como si fueran segundos. Trabajan rápidamente en los terminales, pero no parece suficiente. Ambos gritan órdenes a otros trabajadores de la sala, que las ejecutan tan velozmente como son capaces.
Y de repente, sin previo aviso, los sonidos y luces de alerta se apagan.
Tras comprobar detenidamente otra vez los valores que ofrecen las pantallas, y tener la confirmación de que el indicador de actividad del núcleo está bajando, finalmente Francisco habla al personal allí presente.
-          No se preocupen, está todo bajo control y solamente ha sido un pequeño susto.
-          ¿Y el experimento? ¿Se ha –pregunta titubeante un hombre vestido de traje oscuro- perdido?
-          No –responde rápidamente Rebeca-, por suerte seguimos adelante. Sólo ha sido un ligero desajuste y nuestros ordenadores, por medidas de seguridad, nos han puesto en alerta.
Finalmente, acaba el experimento y todos en el laboratorio se felicitan entre sí por el éxito, son los primeros en conseguir resultados en este campo. Los agradecimientos se suceden y especialmente cuando llega la hora de Francisco y Rebeca.

En la salita espera Yago con un traje azul oscuro con rayas finas color cián, un aroma a perfume y una sonrisa amplia. Cuando atraviesa la puerta Rebeca con su falda negra drapeada con rayas grises y su blusa corte imperio en azul royal, la recibe con una reverencia.
-          Anda, exagerado –le hace un gesto para que se incorpore-.
-     Si eso es una exageración, esto… –saca una rosa que ocultaba tras su espalda- ¿qué es?
-          Una exageración aún mayor –ríe profusamente-.
-          Bueno, señora…
-          Señorita –interrumpe-, que estoy fuera de casa.
-          Me concede el honor de, ya que está tan elegante, ¿ir a tomar algo conmigo para celebrarlo?
-          Tú también –lo mira detenidamente- estás muy elegante.
-          Bueno, sólo intento estar a la altura de tan magnífica mujer, que aparte de maravillosa, guapa, simpática y amable, ha logrado un gran avance en el tema de la radiación gamma.
-          Bueno –se sonroja-, te has pasado con tanto piropo, ZALAMERO.
-          Solamente digo lo que ven mis…
-     Ojos. Me sé tu cantinela. Y –se detiene un momento antes de salir del edificio-, se te olvida el susto que hemos tenido.
-       Bueno, un sustito –junta los dedos gordo e índice para mostrar que fue pequeñito-, nada más.
-          Sí, un sustito, casi se me para el corazón.
-     Si desde seguridad apenas nos hemos preocupado, lo teníais todo bajo control.
Se abre la puerta de salida, y cuando están completamente fuera, respira Rebeca profundamente.
-       Bien, señorita, como iba diciendo, ¿me concederá el honor de ir a tomar algo?
-      Claro que sí, hemos quedado en el bar Castillejo a tomar algo con los compañeros.
-      Oh, qué inesperada traición, alentáis a mi corazón con una respuesta positiva, para quitarle las ilusiones con la continuación.
-       Te he dicho que eres… –lo mira detenidamente intentando contener la carcajada- BOBO.
-          No sé si mi corazón hecho pedazos será capaz de soportar tanto dolor.
-          Pues o te das prisa, o tu pies probarán mis tacones y sabrás lo que es el verdadero dolor.
-          No sabía que te iban esas cosas, pero no me importa…
-       Calla –pone el índice en sus labios para ser más taxativa en su frase- y anda, que no andas nada.

Entre risas y tonteos llegan al bar en cuestión. Dentro están la mayoría de sus compañeros, algunos de ellos ya perjudicados por el alcohol. Se paran un segundo a la puerta y se miran durante un instante. Yago parece esperar una señal que los aparte de este gentío, pero ella avanza hacia el interior del local.

Unas horas después, con la mayoría de los compañeros rumbo a sus casas o demasiado borrachos para poder ir aún, Yago y Rebeca salen del bar. Las risas se suceden y sin darse cuenta llegan de vuelta a los coches que tenían aparcados en su trabajo.
-       Bien –mira su móvil y sonríe-, aún tenemos tiempo para llegar al restaurante japonés.
-          Estoy muy cansada.
-          Pero tendrás que cenar, y ¿qué mejor que te lo den hecho?
-       Lo agradezco –apoya su mano en el pecho de él-, de veras, pero sólo quiero llegar a casa, ducharme e irme a dormir, que me muero de sueño.
-          Sabes que estás rompiendo una promesa.
-          Yo nunca acepté esa premisa.
-          Pero –la agarra la mano-, sabes que me debes una cena.
-       Lo sé –baja la mirada tímida-, cuando estemos más tranquilos te prometo que iremos a cenar.
-       Lo has prometido –la suelta la mano mientras se aleja de espaldas-, y tienes que cumplirlo.
-          Lo haré y, -hace una pausa y le señala con las llaves en la mano- esta vez sí lo he prometido.
-          Jajaja –ríe fuertemente caminando ya de frente hacia su coche, levantando la mano derecha y negando con ella-. ¡Y no se me olvidará!
Al llegar a casa, libre de toda la presión del día, Rebeca se libera también de la ropa y se sumerge en un cálido baño con sales aromáticas. Tras casi una hora, que se la ha pasado como si fueran dos parpadeos, sale de la bañera y se encuentra un mensaje de Yago en el móvil: “Gran trabajo. Grande Rebe, muy grande. Descansa reina, te lo has ganado”.
Empieza a pensar en él, en que la gustaría pasar más tiempo juntos, cenar con él y, bueno, quién sabe qué más cosas. Una sonrisa la ilumina la cara, no sabe por qué, pero cuando piensa en él y le dice esas cosas tan bonitas, no puede dejar de sonreír. En fin, ya habrá tiempo para eso, más adelante. Aún queda mucho trabajo por hacer.
Una cena ligera, zapear un rato entre canales buscando algo interesante y, por fin, llega la hora de ir a dormir. Justo cuando va a apagar la luz de su mesilla, recuerda que no respondió a Yago. Abre su conversación y le manda solamente un icono, un beso.

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