Amanece un nuevo día, un jueves
como cualquier otro, si no fuese porque la mente de Rebeca está pensando en ese
fallo que pueden haber detectado. Se levanta con ojeras, apenas ha dormido, tanto
darle vueltas a lo que puede pasar no la ha permitido descansar.
Camino al coche evalúa mentalmente
todo lo que podría causar problemas. Se imagina todo, desde que un fallo leve
provoque que se retrase el experimento, a que falle en mitad de este y no sirva
para nada. Incluso imagina el peor hecho posible y es que se descontrole todo y
el núcleo empiece a colapsarse hasta que alcance una masa crítica y estalle
arrasando con todo en kilómetro y medio a la redonda.
Trata de quitarse ese mal fario de
la cabeza. Han hecho muchas pruebas previas y teóricamente todo está correcto.
Además, hay mucha gente brillante junta y pensando en lo mismo, seguro que todo
está controlado.
Son las nueve de la mañana y está
nerviosa mientras todo el mundo se dirige hacia el laboratorio de pruebas.
Antes de entrar una mano la agarra suavemente del brazo y la retiene durante un
instante.
-
Pero que…
No acaba la frase al darse cuenta
de que es Yago el que tira de ella.
- Quería desearte buena suerte –mira hacia
el interior del laboratorio-, ya sabes, antes de que todo esto empiece.
-
¿No –sus ojos buscan los de él- vienes?
-
No puedo, tengo que controlar que todas
las seguridades están activadas y los protocolos listos.
-
Ya –se decepciona un poco-, tienes
también tu parte.
- Ey –la gira la cara para mirarla
directamente a los ojos-, todo va a salir bien, ¿de acuerdo?
-
Sí, claro. Espero que así sea.
- Ya verás que sí, tranquila, y si no
–hace un gesto al botón del walkie-talkie- llamas, y voy al rescate, jajaja.
-
De verdad –sonríe-, no sé cómo te
aguanto.
- Pues porque hay un sentimiento –la
señala y se señala así mismo- entre nosotros.
Una voz surgida de la megafonía
insta a que todos entren en el laboratorio para que comience el experimento.
-
Nos vemos en un rato Yago.
-
Yo te veo siempre en mis pensamientos,
reina.
Entra en el laboratorio con una
sonrisa y la sensación de que todo va a ir sobre ruedas.
Mientras se da la charla inicial,
ella repasa mentalmente la parte de la exposición que la toca contar y se
repite una y otra vez los puntos más importantes a remarcar. Tras un buen rato
de presentaciones y explicaciones, comienza por fin el experimento.
- ¡Alerta! ¡Alerta! Los parámetros están cerca
de exceder los límites establecidos –resuena una voz metálica en el laboratorio
mientras se encienden las luces de emergencia-.
Rebeca y Francisco se abalanzan
sobre los ordenadores que controlan el experimento, miran rápidamente los
valores que ofrece y tras una rápida evaluación, ambos comienzan a manejar los
teclados.
-
Francisco –grita apurada-, es lo que te
dije anteayer.
-
Si, tenías razón. Inicia la rutina de la
que hablamos, a ver si conseguimos controlar el experimento. ¿Cómo va el
indicador de actividad del núcleo?
-
Sube lentamente.
-
Tenemos que estabilizarlo.
-
¿Y si –gira la cabeza hacía su superior-
no se puede?
-
Pues habrá que abortar el experimento,
no podemos arriesgarnos a dañar el equipo.
Los minutos pasan como si fueran
segundos. Trabajan rápidamente en los terminales, pero no parece suficiente.
Ambos gritan órdenes a otros trabajadores de la sala, que las ejecutan tan
velozmente como son capaces.
Y de repente, sin previo aviso, los
sonidos y luces de alerta se apagan.
Tras comprobar detenidamente otra
vez los valores que ofrecen las pantallas, y tener la confirmación de que el
indicador de actividad del núcleo está bajando, finalmente Francisco habla al
personal allí presente.
-
No se preocupen, está todo bajo control
y solamente ha sido un pequeño susto.
-
¿Y el experimento? ¿Se ha –pregunta
titubeante un hombre vestido de traje oscuro- perdido?
-
No –responde rápidamente Rebeca-, por
suerte seguimos adelante. Sólo ha sido un ligero desajuste y nuestros
ordenadores, por medidas de seguridad, nos han puesto en alerta.
Finalmente, acaba el experimento y
todos en el laboratorio se felicitan entre sí por el éxito, son los primeros en
conseguir resultados en este campo. Los agradecimientos se suceden y
especialmente cuando llega la hora de Francisco y Rebeca.
En la salita espera Yago con un
traje azul oscuro con rayas finas color cián, un aroma a perfume y una sonrisa
amplia. Cuando atraviesa la puerta Rebeca con su falda negra drapeada con rayas
grises y su blusa corte imperio en azul royal, la recibe con una reverencia.
-
Anda, exagerado –le hace un gesto para
que se incorpore-.
- Si eso es una exageración, esto… –saca
una rosa que ocultaba tras su espalda- ¿qué es?
-
Una exageración aún mayor –ríe
profusamente-.
-
Bueno, señora…
-
Señorita –interrumpe-, que estoy fuera
de casa.
-
Me concede el honor de, ya que está tan
elegante, ¿ir a tomar algo conmigo para celebrarlo?
-
Tú también –lo mira detenidamente- estás
muy elegante.
-
Bueno, sólo intento estar a la altura de
tan magnífica mujer, que aparte de maravillosa, guapa, simpática y amable, ha
logrado un gran avance en el tema de la radiación gamma.
-
Bueno –se sonroja-, te has pasado con
tanto piropo, ZALAMERO.
-
Solamente digo lo que ven mis…
- Ojos. Me sé tu cantinela. Y –se detiene
un momento antes de salir del edificio-, se te olvida el susto que hemos
tenido.
- Bueno, un sustito –junta los dedos gordo
e índice para mostrar que fue pequeñito-, nada más.
-
Sí, un sustito, casi se me para el
corazón.
- Si desde seguridad apenas nos hemos
preocupado, lo teníais todo bajo control.
Se abre la puerta de salida, y
cuando están completamente fuera, respira Rebeca profundamente.
- Bien, señorita, como iba diciendo, ¿me
concederá el honor de ir a tomar algo?
- Claro que sí, hemos quedado en el bar
Castillejo a tomar algo con los compañeros.
- Oh, qué inesperada traición, alentáis a
mi corazón con una respuesta positiva, para quitarle las ilusiones con la
continuación.
- Te he dicho que eres… –lo mira
detenidamente intentando contener la carcajada- BOBO.
-
No sé si mi corazón hecho pedazos será
capaz de soportar tanto dolor.
-
Pues o te das prisa, o tu pies probarán
mis tacones y sabrás lo que es el verdadero dolor.
-
No sabía que te iban esas cosas, pero no
me importa…
- Calla –pone el índice en sus labios para
ser más taxativa en su frase- y anda, que no andas nada.
Entre risas y tonteos llegan al bar
en cuestión. Dentro están la mayoría de sus compañeros, algunos de ellos ya
perjudicados por el alcohol. Se paran un segundo a la puerta y se miran durante
un instante. Yago parece esperar una señal que los aparte de este gentío, pero
ella avanza hacia el interior del local.
Unas horas después, con la mayoría
de los compañeros rumbo a sus casas o demasiado borrachos para poder ir aún,
Yago y Rebeca salen del bar. Las risas se suceden y sin darse cuenta llegan de
vuelta a los coches que tenían aparcados en su trabajo.
- Bien –mira su móvil y sonríe-, aún
tenemos tiempo para llegar al restaurante japonés.
-
Estoy muy cansada.
-
Pero tendrás que cenar, y ¿qué mejor que
te lo den hecho?
- Lo agradezco –apoya su mano en el pecho
de él-, de veras, pero sólo quiero llegar a casa, ducharme e irme a dormir, que
me muero de sueño.
-
Sabes que estás rompiendo una promesa.
-
Yo nunca acepté esa premisa.
-
Pero –la agarra la mano-, sabes que me
debes una cena.
- Lo sé –baja la mirada tímida-, cuando
estemos más tranquilos te prometo que iremos a cenar.
- Lo has prometido –la suelta la mano
mientras se aleja de espaldas-, y tienes que cumplirlo.
-
Lo haré y, -hace una pausa y le señala
con las llaves en la mano- esta vez sí lo he prometido.
-
Jajaja –ríe fuertemente caminando ya de
frente hacia su coche, levantando la mano derecha y negando con ella-. ¡Y no se
me olvidará!
Al llegar a casa, libre de toda la
presión del día, Rebeca se libera también de la ropa y se sumerge en un cálido
baño con sales aromáticas. Tras casi una hora, que se la ha pasado como si
fueran dos parpadeos, sale de la bañera y se encuentra un mensaje de Yago en el
móvil: “Gran trabajo. Grande Rebe, muy grande. Descansa reina, te lo has
ganado”.
Empieza a pensar en él, en que la
gustaría pasar más tiempo juntos, cenar con él y, bueno, quién sabe qué más
cosas. Una sonrisa la ilumina la cara, no sabe por qué, pero cuando piensa en
él y le dice esas cosas tan bonitas, no puede dejar de sonreír. En fin, ya
habrá tiempo para eso, más adelante. Aún queda mucho trabajo por hacer.
Una cena ligera, zapear
un rato entre canales buscando algo interesante y, por fin, llega la hora de ir
a dormir. Justo cuando va a apagar la luz de su mesilla, recuerda que no
respondió a Yago. Abre su conversación y le manda solamente un icono, un beso.
Ir al Capítulo III
Ir al Capítulo III
No hay comentarios:
Publicar un comentario