Impaciente, un
hombre de pelo castaño y que llega casi a los treinta años, espera en la
salita, no para de consultar la hora de su móvil. Sabe que está por salir, pero
aún así se muestra intranquilo.
La puerta del
pasillo que da a los laboratorios se abre y aparece una mujer de unos veintipico
años y aspecto risueño, su pelo ondulado y castaño se extiende hasta la mitad
de su espalda.
- ¡Yago! –se sorprende al ver al hombre en
la salita-, no tenías que esperarme.
-
Ya te digo que no me importa esperarte,
con tal de verte un ratito más.
-
Eres un zalamero, eso se lo dirás a
todas.
-
Sí, a todas las que se llaman Rebeca
Sánchez.
-
Basta, me vas a sonrojar.
Animados
continúan su charla mientras van saliendo de las entrañas del edificio.
-
Por cierto Rebe.
-
Dime Yago.
-
Te sienta muy bien esa falda azul.
-
Jajaja –sonríe tratando de ocultar su
sonrojo-, tú nunca paras ¿verdad?
- Solamente digo lo que ven mis ojos. ¿Y
acaso no te dije que no te mentiría?
-
Sí, pero tampoco te tienes que inventar
las cosas.
-
No me invento nada, tu belleza es real.
-
Eres muy bobo, ¿lo sabes?
-
Sí, me lo han dicho muchas veces. Y que
tú eres maravillosa. ¿Lo sabes?
-
De veras Yago, ¿quieres que me muera de
vergüenza?
-
Ya deberías estar acostumbrada, llevas
mucho tiempo saliendo de casa con esa cara angelical y esa sonrisa que ilumina
las noches más oscuras.
-
Bobo –le golpea en el hombro suavemente
con el dorso de la mano-, sabes bien que no es el momento.
-
De acuerdo, de acuerdo. Lo entiendo.
-
Bien –ríe despreocupadamente-, me alegro
que lo entiendas.
-
Claro que sí… Y ¿ahora?
-
¿Ahora qué?
-
Si ahora es el momento.
-
Vale ya –vuelve a darle un suave
golpecito-. Además, llegué al coche. Así que nos despedimos aquí.
-
Pues –lleva la mano a uno de sus
bolsillos del pantalón, mientras la otra la apoya en su mentón-, porque tú
quieres.
-
Anda bobo, disfruta de lo que queda del
día, que seguro que no paras.
-
Para ti –saca las llaves del coche del
bolsillo-, siempre tengo un hueco en la agenda.
-
Pero si nunca paras en casa Yago, no
tienes ni un rato libre.
- Porque siempre salgo a ver si te
encuentro, si vivieras conmigo –se aleja y camina de espaldas a la par que se
despide-, no tendría que salir a buscarte.
-
Hasta mañana Z ALAMERO.
-
Hasta mañana REINA.
Ella se monta en
su coche, mientras él, sonriente, se dirige al suyo a la par que juega con las
llaves entre sus manos. El tiempo parece que se detiene mientras cada cual
marcha hacía su destino. Atrás dejan el gris edificio donde trabajan, como
cualquier otro día.
El teléfono de
Rebeca suena a las once de la noche. Sorprendida mientras veía su serie
favorita y por las horas que son, enciende el móvil para ver un mensaje de Yago.
Lee la frase que la ha escrito: “Mañana tendrás una dulce sorpresa”, seguida de
un emoticono de una carita que guiña un ojo.
Mientras sonríe,
responde moviendo rápidamente los dedos por la pantalla y le escribe: “Conociéndote,
me espero cualquier cosa” y lo acompaña de una carita con los dos ojos cerrados
y sacando la lengua.
Un par de
minutos más tarde, recibe la respuesta que sólo dice: “Tranquila, que no habrá
nada más dulce que tú”. Se ríe, a la vez que se sonroja, la encanta que la diga
este tipo de cosas, pero no es el momento, no mientras trabajen en el mismo
departamento de investigación sobre la radiación.
Tras quedarse
absorta en estos pensamientos durante unos minutos, vuelve a la realidad y
responde: “Anda, vete a dormir, que es tarde. Mañana nos vemos” y un icono de
beso remata el mensaje.
Apenas un minuto
después, recibe la respuesta: “Ya sabes que me acuesto tarde. Procura descansar
anda. Mañana nos vemos” y una carita lanzando un corazón como cierre.
A la mañana
siguiente, Rebeca se sienta en la cafetería en la hora del descanso. Deja la
carpeta azul que porta en la mesa y se dispone a tomar su té. Está pérdida
pensando en lo que aún tiene pendiente en esta jornada, cuando una bolsa dorada
aparece flotando delante de su rostro.
-
Pero y ¿esto?
- Bueno, pues es una simple bolsa –le da
la vuelta para enseñar la marca- de bombones con galleta y caramelo.
- Mis preferidos –se le iluminan los
ojos-. Te voy a matar.
- Pero Rebe –se sienta enfrente suya-, si
te encantan, ¿por qué me vas a matar? No se mata al mensajero si trae buenas
noticias.
- Dirás malas noticias, al menos para mi
dieta -se toca ligeramente el estómago-. Sabes que no puedo comer esas cosas.
- Venga ya, si estas estupenda, y puedes
comer solamente uno y otro día otro.
- Sabes de sobra –se levanta de la mesa-,
que si empiezo no paro.
- ¿Ya acabas el descanso? ¿No es muy
pronto?
- Estoy preocupada por los picos tan raros
que me está dando estos días el acelerador cuántico.
- Déjame ver los datos.
Rebeca le pasa
la carpeta azul. Él la abre y comienza a repasar las diversas páginas que
contiene. Tras un rato de corroborar mentalmente ciertas gráficas, se la
devuelve.
-
Parece ser que hay una leve perturbación
en el núcleo que ha ido creciendo en las últimas semanas.
-
Sí, eso mismo creo yo, pero no sé si
decírselo a Francisco.
-
Yo creo que sí deberías, si te preocupa
es porque debe ser importante.
- Puede ser –hace un pausa mientras lo
sopesa-. Creo que iré ahora a comentárselo, gracias Yago.
-
Un placer, ya me dirás qué te cuenta.
-
Vale –se aleja pensativa-.
-
Rebe.
-
¿Qué pasa? –se da la vuelta-
La lanza la
bolsa dorada, y consigue atraparla entre la carpeta y su cuerpo.
-
Se te olvidaba, coge energías y adelante
–la sonríe mientras con su mano la anima a ser fuerte-.
-
Te la debo –le guiña un ojo y se vuelve
a marchar-.
Por la tarde,
según sale del vestuario, su falda azul jaspeada y su blusa de flores arrojan
algo de luz a su gesto serio. Antes de llegar a la puerta de salida se cruza
con Yago, el cual no la había visto ya que las cajas que porta le obstaculizan
la visión.
-
¿Pero aún no te has cambiado?
-
Eh –una cara cansada aparece de entre
las cajas-. Rebe, ¿tan tarde es que ya te vas?
-
Sí, lo raro es que tú no hayas acabado
aún.
- Es que estamos reseteando el sistema de
contención y los sistemas de seguridad y –se interrumpe brevemente al darse
cuenta de lo técnico que se estaba poniendo-, bueno, que tengo todavía lío. De
hecho creo que hoy y mañana saldré muy tarde.
-
Vaya, vais a estar hasta el jueves
haciendo muchas horas.
-
Sí, cosas que tenemos que tener listas
para que el jueves, cuando hagamos las pruebas, todo esté correcto.
-
Bueno, pues no te entretengo, ya nos
vemos mañana.
- Tú no me entretienes Rebe, ya sólo con
mirarte vale la pena de lo guapa que vas.
-
Anda bobo, tira, que todavía se te caen
las cajas.
Emprenden ambos su
camino, ella a la salida y Yago, al cuarto donde está revisando los sistemas
operativos. Mientras está allí, una cara de amargura se forma en él, una
preocupación parece atrapar su siempre risueña cara.
Otro día pasa y
nuevamente, a la hora del descanso, ambos se encuentran en la cafetería.
-
¿Qué tal, reina? Que se me paso ayer
preguntarte como fue la reunión con Francisco.
-
Bueno, me dijo que no le diera
importancia, que está dentro de los valores aceptables.
-
Aaah. Siendo así, al menos te quedas más
tranquila.
- Qué va –se acerca a Yago y comienza a
susurrar-, el problema es que van en aumento, y si arrancamos mañana jueves y
aumenta exponencialmente, a mitad de experimento puede salirse todo de escala.
-
¿Y qué te ha dicho?
- Que todo está preparado, y si como les
digo suben repentinamente las anomalías, tenemos un rango de tiempo para
abortar el experimento sin sufrir ningún tipo de daño en el hardware.
- No te preocupes –la agarra las manos-,
tenemos unos buenos sistemas de contención y de seguridad. Ya está casi acabada
la revisión y actualización.
- Bueno –se muestra intranquila-, sólo
espero que sus cálculos sean correctos.
- Tú lo que quieres –se reclina hacía
atrás mientras vuelve su voz a un tono normal- es no venir a cenar conmigo el
jueves.
-
¿Cómo?
-
No, cena –replica-, jajaja.
- No te dije que fuéramos a cenar mañana
–responde rápidamente intentando esconder su asombro-.
- Hace 6 meses, cuando apenas nos
conocíamos, te pregunté que cuando te venías a cenar un día conmigo y tu
respuesta fue –intenta poner voz femenina-: “cuando acabemos esto, iremos a
cenar”.
-
Pero…
-
No, no hay peros, sólo hay peras en el
frutero. Mañana acabaremos por fin y habrá que salir a celebrarlo y qué mejor
que hacerlo cenando en un japonés que te mueres de ganas por probar.
-
Jajaja. Yo no llegué a formalizar esa
cena –se levanta de la silla-.
-
Lo prometido es deuda.
- Bueno, mañana veremos –le agarra
suavemente del brazo-.Que no se te haga muy tarde hoy.
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