lunes, 6 de abril de 2020

Te quiero (Capítulo I)

Impaciente, un hombre de pelo castaño y que llega casi a los treinta años, espera en la salita, no para de consultar la hora de su móvil. Sabe que está por salir, pero aún así se muestra intranquilo.
La puerta del pasillo que da a los laboratorios se abre y aparece una mujer de unos veintipico años y aspecto risueño, su pelo ondulado y castaño se extiende hasta la mitad de su espalda.
-       ¡Yago! –se sorprende al ver al hombre en la salita-, no tenías que esperarme.
-          Ya te digo que no me importa esperarte, con tal de verte un ratito más.
-          Eres un zalamero, eso se lo dirás a todas.
-          Sí, a todas las que se llaman Rebeca Sánchez.
-          Basta, me vas a sonrojar.
Animados continúan su charla mientras van saliendo de las entrañas del edificio.
-          Por cierto Rebe.
-          Dime Yago.
-          Te sienta muy bien esa falda azul.
-          Jajaja –sonríe tratando de ocultar su sonrojo-, tú nunca paras ¿verdad?
-         Solamente digo lo que ven mis ojos. ¿Y acaso no te dije que no te mentiría?
-          Sí, pero tampoco te tienes que inventar las cosas.
-          No me invento nada, tu belleza es real.
-          Eres muy bobo, ¿lo sabes?
-          Sí, me lo han dicho muchas veces. Y que tú eres maravillosa. ¿Lo sabes?
-          De veras Yago, ¿quieres que me muera de vergüenza?
-          Ya deberías estar acostumbrada, llevas mucho tiempo saliendo de casa con esa cara angelical y esa sonrisa que ilumina las noches más oscuras.
-          Bobo –le golpea en el hombro suavemente con el dorso de la mano-, sabes bien que no es el momento.
-          De acuerdo, de acuerdo. Lo entiendo.
-          Bien –ríe despreocupadamente-, me alegro que lo entiendas.
-          Claro que sí… Y ¿ahora?
-          ¿Ahora qué?
-          Si ahora es el momento.
-          Vale ya –vuelve a darle un suave golpecito-. Además, llegué al coche. Así que nos despedimos aquí.
-          Pues –lleva la mano a uno de sus bolsillos del pantalón, mientras la otra la apoya en su mentón-, porque tú quieres.
-          Anda bobo, disfruta de lo que queda del día, que seguro que no paras.
-          Para ti –saca las llaves del coche del bolsillo-, siempre tengo un hueco en la agenda.
-          Pero si nunca paras en casa Yago, no tienes ni un rato libre.
-        Porque siempre salgo a ver si te encuentro, si vivieras conmigo –se aleja y camina de espaldas a la par que se despide-, no tendría que salir a buscarte.
-          Hasta mañana Z ALAMERO.
-          Hasta mañana REINA.
Ella se monta en su coche, mientras él, sonriente, se dirige al suyo a la par que juega con las llaves entre sus manos. El tiempo parece que se detiene mientras cada cual marcha hacía su destino. Atrás dejan el gris edificio donde trabajan, como cualquier otro día.

El teléfono de Rebeca suena a las once de la noche. Sorprendida mientras veía su serie favorita y por las horas que son, enciende el móvil para ver un mensaje de Yago. Lee la frase que la ha escrito: “Mañana tendrás una dulce sorpresa”, seguida de un emoticono de una carita que guiña un ojo.
Mientras sonríe, responde moviendo rápidamente los dedos por la pantalla y le escribe: “Conociéndote, me espero cualquier cosa” y lo acompaña de una carita con los dos ojos cerrados y sacando la lengua.
Un par de minutos más tarde, recibe la respuesta que sólo dice: “Tranquila, que no habrá nada más dulce que tú”. Se ríe, a la vez que se sonroja, la encanta que la diga este tipo de cosas, pero no es el momento, no mientras trabajen en el mismo departamento de investigación sobre la radiación.
Tras quedarse absorta en estos pensamientos durante unos minutos, vuelve a la realidad y responde: “Anda, vete a dormir, que es tarde. Mañana nos vemos” y un icono de beso remata el mensaje.
Apenas un minuto después, recibe la respuesta: “Ya sabes que me acuesto tarde. Procura descansar anda. Mañana nos vemos” y una carita lanzando un corazón como cierre.

A la mañana siguiente, Rebeca se sienta en la cafetería en la hora del descanso. Deja la carpeta azul que porta en la mesa y se dispone a tomar su té. Está pérdida pensando en lo que aún tiene pendiente en esta jornada, cuando una bolsa dorada aparece flotando delante de su rostro.
-          Pero y ¿esto?
-      Bueno, pues es una simple bolsa –le da la vuelta para enseñar la marca- de bombones con   galleta y caramelo.
-         Mis preferidos –se le iluminan los ojos-. Te voy a matar.
-      Pero Rebe –se sienta enfrente suya-, si te encantan, ¿por qué me vas a matar? No se mata al    mensajero si trae buenas noticias.
-    Dirás malas noticias, al menos para mi dieta -se toca ligeramente el estómago-. Sabes que no    puedo comer esas cosas.
-         Venga ya, si estas estupenda, y puedes comer solamente uno y otro día otro.
-         Sabes de sobra –se levanta de la mesa-, que si empiezo no paro.
-         ¿Ya acabas el descanso? ¿No es muy pronto?
-      Estoy preocupada por los picos tan raros que me está dando estos días el acelerador cuántico.
-         Déjame ver los datos.
Rebeca le pasa la carpeta azul. Él la abre y comienza a repasar las diversas páginas que contiene. Tras un rato de corroborar mentalmente ciertas gráficas, se la devuelve.
-          Parece ser que hay una leve perturbación en el núcleo que ha ido creciendo en las últimas semanas.
-          Sí, eso mismo creo yo, pero no sé si decírselo a Francisco.
-          Yo creo que sí deberías, si te preocupa es porque debe ser importante.
-    Puede ser –hace un pausa mientras lo sopesa-. Creo que iré ahora a comentárselo, gracias Yago.
-          Un placer, ya me dirás qué te cuenta.
-          Vale –se aleja pensativa-.
-          Rebe.
-          ¿Qué pasa? –se da la vuelta-
La lanza la bolsa dorada, y consigue atraparla entre la carpeta y su cuerpo.
-          Se te olvidaba, coge energías y adelante –la sonríe mientras con su mano la anima a ser fuerte-.
-          Te la debo –le guiña un ojo y se vuelve a marchar-.

Por la tarde, según sale del vestuario, su falda azul jaspeada y su blusa de flores arrojan algo de luz a su gesto serio. Antes de llegar a la puerta de salida se cruza con Yago, el cual no la había visto ya que las cajas que porta le obstaculizan la visión.
-          ¿Pero aún no te has cambiado?
-          Eh –una cara cansada aparece de entre las cajas-. Rebe, ¿tan tarde es que ya te vas?
-          Sí, lo raro es que tú no hayas acabado aún.
-   Es que estamos reseteando el sistema de contención y los sistemas de seguridad y –se interrumpe brevemente al darse cuenta de lo técnico que se estaba poniendo-, bueno, que tengo todavía lío. De hecho creo que hoy y mañana saldré muy tarde.
-          Vaya, vais a estar hasta el jueves haciendo muchas horas.
-          Sí, cosas que tenemos que tener listas para que el jueves, cuando hagamos las pruebas, todo esté correcto.
-          Bueno, pues no te entretengo, ya nos vemos mañana.
-        Tú no me entretienes Rebe, ya sólo con mirarte vale la pena de lo guapa que vas.
-          Anda bobo, tira, que todavía se te caen las cajas.
Emprenden ambos su camino, ella a la salida y Yago, al cuarto donde está revisando los sistemas operativos. Mientras está allí, una cara de amargura se forma en él, una preocupación parece atrapar su siempre risueña cara.

Otro día pasa y nuevamente, a la hora del descanso, ambos se encuentran en la cafetería.
-          ¿Qué tal, reina? Que se me paso ayer preguntarte como fue la reunión con Francisco.
-          Bueno, me dijo que no le diera importancia, que está dentro de los valores aceptables.
-          Aaah. Siendo así, al menos te quedas más tranquila.
-       Qué va –se acerca a Yago y comienza a susurrar-, el problema es que van en aumento, y si arrancamos mañana jueves y aumenta exponencialmente, a mitad de experimento puede salirse todo de escala.
-          ¿Y qué te ha dicho?
-    Que todo está preparado, y si como les digo suben repentinamente las anomalías, tenemos un rango de tiempo para abortar el experimento sin sufrir ningún tipo de daño en el hardware.
-    No te preocupes –la agarra las manos-, tenemos unos buenos sistemas de contención y de seguridad. Ya está casi acabada la revisión y actualización.
-       Bueno –se muestra intranquila-, sólo espero que sus cálculos sean correctos.
-      Tú lo que quieres –se reclina hacía atrás mientras vuelve su voz a un tono normal- es no venir a cenar conmigo el jueves.
-          ¿Cómo?
-          No, cena –replica-, jajaja.
-      No te dije que fuéramos a cenar mañana –responde rápidamente intentando esconder su asombro-.
-       Hace 6 meses, cuando apenas nos conocíamos, te pregunté que cuando te venías a cenar un día conmigo y tu respuesta fue –intenta poner voz femenina-: “cuando acabemos esto, iremos a cenar”.
-          Pero…
-          No, no hay peros, sólo hay peras en el frutero. Mañana acabaremos por fin y habrá que salir a celebrarlo y qué mejor que hacerlo cenando en un japonés que te mueres de ganas por probar.
-          Jajaja. Yo no llegué a formalizar esa cena –se levanta de la silla-.
-          Lo prometido es deuda.
-       Bueno, mañana veremos –le agarra suavemente del brazo-.Que no se te haga muy tarde hoy.
Y se marcha dándole un beso en la mejilla y dejándolo allí sentado.

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