Ir al Capítulo I
Ir al Capítulo II
Ya llegó el viernes. Camino del
trabajo ella piensa en que hoy, que todo estaba ya preparado y funcionaba
correctamente, podría estar más tranquila. Sólo tenían que hacer un par de
experimentos más cortos que el de ayer y podría ir a descansar el fin de
semana.
Tras realizar el primero de ellos,
que dura menos de una hora, se toma un descanso y, ya en la cafetería se sienta
con Yago.
-
¿Qué tal, reina?
-
¿Tú también –le sonríe- paras ahora?
-
Claro –sonríe-, como paráis el aparato,
nosotros también paramos.
-
Ah. Es cierto –hace una ligera pausa-. Y
se me olvidó decirte ayer, gracias.
-
¿Gracias? –se acerca un poco a ella-
¿Por qué me das las gracias Rebe?
-
Por animarme a hablar con Francisco y
así fue todo estupendamente.
-
Ya ves.
-
Por –lo interrumpe- animarme, por
esperarme, por ser tan amable conmigo, por los detalles que tienes, por tus
dulces palabras.
- Vaya –se reclina en la silla sonriente-,
ten cuidado que se te derrite el corazón de hielo.
- Bobo –le golpea con el dorso de la mano
en el brazo-, luego dices que no te trato bien.
-
Es broma –la agarra la mano-. No tienes
que darme las gracias, todo eso lo hago porque quiero y porque así lo siento,
no hay nada que agradecer.
- Pero –se sonroja al notar la mano cálida
que la toca-, aún así, gracias por todo.
Un hombre se asoma a la entrada de
la cafetería y llama a Yago para que vuelva al trabajo.
-
Bueno –se levanta apenado-, tengo que
irme. Luego nos vemos a la salida.
-
No tienes por qué esperarme.
-
Sé que no tengo que hacerlo, lo hago
porque quiero –y se aleja-.
-
Yago.
-
Dime –se gira antes de salir por la
puerta-.
-
Se te olvida el walkie-talkie.
- Gracias –roza su mano suavemente-, que
sin esto no me coordino con el resto de la seguridad.
Se marcha por la puerta, mientras
Rebe no puede apartar la mirada de la salida, hasta unos segundos después de
que ya no se le vea. Durante unos minutos se queda sentada, con la mirada
perdida y sus pensamientos sólo se centran en él.
Francisco consulta el tiempo que
lleva el segundo experimento y comenta lo perfecto que está yendo todo. Todo el
mundo se alegra. Pero a los pocos minutos.
- ¡Alerta! ¡Alerta! Los parámetros están cerca
de exceder los límites establecidos –resuena una voz metálica en el laboratorio
mientras se encienden otra vez las luces de emergencia-.
-
Rebeca, otra vez lo de ayer. ¡Cada cual
–grita- ya sabe lo que tiene que hacer, ayer lo recuperamos rápidamente y hoy
no será menos!
-
Francisco –dice ella asustada-, los
parámetros están por encima de los de ayer.
Como el día anterior, las órdenes
se suceden y pasan unos minutos tecleando sin parar y revisando los datos que
las pantallas ofrecen.
-
Francisco, no logramos estabilizarlo.
-
Lo veo.
-
¡Francisco! –grita nerviosa-.
-
Apáguenlo, apaguen el acelerador cuántico.
Dense prisa.
-
¡A mi señal! –grita ella- Apagado en
tres, dos, uno. ¡APAGUEN!
El personal se vuelve frenético,
bajando palancas, activando protocolos en sus ordenadores, manipulando las
herramientas que tienen cerca para lograr el apagado completo. Rebeca se queda
observando el indicador de actividad del núcleo, esperando el momento en que el
contador deje de subir.
La gente gritando “hecho” se va
sucediendo por toda la sala, hasta que él último confirma el apagado general
del acelerador cuántico.
Ella mira el indicador y pese a no
ser creyente, empieza a rezar porque deje de subir. Un minuto, que se la antoja
una eternidad, transcurre y los números siguen ascendiendo, cada vez a un ritmo
mayor.
-
Francisco –se gira repentinamente y con
cara de asustada-, no se para.
- ¡NO! Avisa a seguridad –se gira a su terminal-. Nosotros
trataremos de controlar el acelerador.
Rebeca con un gesto rápido coge el
walkie-talkie de la mesa y llama a seguridad para que inicien los protocolos de
parada de emergencia del aparato. El trabajo se vuelve frenético en la sala,
cada uno tratando de hallar un método que pare o al menos ralentice la
actividad del núcleo.
-
Quietos todos –grita ella-, van a tomar
el control remoto del sistema los de seguridad. Dicen que en menos de un minuto
tendría que decaer la actividad del aparato.
Algunos cuentan cada segundo, otros
sólo se quedan mirando a la nada y otros repasan los motivos que les trajeron a
trabajar en esto, pero todos esperan impacientes la noticia de que realmente se
está parando.
-
Estos niveles no pueden ser verdad –grita
Rebeca al ver el indicador-.
-
¿Qué niveles? –se acerca Francisco a ver
los números-
Al leerlos se retira para atrás
asustado. Apenas es capaz de dar crédito a lo que ve. Han subido demasiado
rápido para cualquiera de los cálculos que habían realizado. Ni en sus peores
pesadillas se había imaginado algo parecido.
-
Salid –atina finalmente a decir-, salid todos
de aquí. ¡Rápido! Rebeca avisa a seguridad que procedan al cierre del complejo,
en quince minutos va a colapsar el núcleo.
Coge el walkie-talkie nuevamente y
avisa sobre las malas noticias a seguridad.
Se empieza a escuchar por la
megafonía del edificio que se abandone de forma ordenada el complejo y salgan
todos a sus zonas de evacuación en el exterior.
Tras cinco minutos, todo el mundo
está fuera, sólo queda un guarda de seguridad y Rebeca en la puerta de salida.
-
Debería salir ya señorita –la aconseja
mientras la señala la puerta-.
-
Pero mi amigo Yago aún no ha salido, ¿y si
le ha pasado algo?
En ese momento aparece tras una
esquina del pasillo y se encamina hacia la salida.
-
Tenía que coger la tablet en la que ver
los progresos del sistema de cierre y del núcleo.
-
Venga –se apresura a decir el guardia-,
salgamos, que ya no queda nadie.
-
Está seguro –le mira fijamente Yago-,
¿no queda nadie más?
- Seguro, mis compañeros me han confirmado
que sólo faltaban dos personas, y son ustedes.
-
Perfecto. Salid fuera que tengo que
programar el cierre de esta puerta.
- ¿Por qué? Se cierra sola –reclama ella
mientras le aferra con fuerza la mano-.
-
Problemas de la electrónica –agita la
tablet con la otra mano-, está dando errores y quiero asegurarme de que no va a
fallar.
-
Yo –agarra su mano con más fuerza-.
-
Ve –la besa la mano-, que tengo que
acabar con esto.
Ambos salen al exterior dejando a
Yago trabajar rápidamente en los controles de la puerta.
De repente, las puertas automáticas
se cierran ante la sorpresa de la gran mayoría. Rebeca se asombra, aún sigue él
dentro. Y cuando trata de reaccionar, ve horrorizada cómo la puerta metálica
exterior de la entrada principal empieza a bajarse. Sale corriendo hacía ella y
apenas llega a cuando le falta la mitad por descender.
-
Yago, ¡Yago!
Comienza a golpear la puerta
metálica, y sus gritos empiezan a mezclarse con el llanto. Un par de guardias
acuden para alejarla de la puerta y aunque ella trata de resistirse a abandonar
la entrada, la separan de allí.
Cuando parece que se tranquiliza un
poco, aprovecha para robarles un walkie-talkie y volver a la puerta. Localiza
el canal y presiona el botón para iniciar la conversación.
-
Yago, Yago.
Sólo un ruido de estática responde.
-
Yago –comienza a sollozar-, Yago.
-
Rebe –se oye por el altavoz-.
-
¿Qué has hecho? ¿Por qué no sales?
-
Los cálculos están mal, al núcleo le
quedan dos minutos para colapsar.
-
Pero…
-
Las compuertas de seguridad todavía
necesitan cuatro minutos para acabar de cerrarse y contener la explosión.
-
Pero tú –las lágrimas recorren su
rostro-…
-
Puedo desviar la energía y ralentizar el
proceso del núcleo, si lo logro daré tiempo a que se cierre completamente el
complejo.
-
Pero morirás dentro, no lo hagas.
-
Si no lo hago, moriremos todos y arrasará
con todo lo que esté en un radio de kilómetro y medio. No puedo dejar que eso
pase.
-
No, no puedo perderte.
Ruidos de teclas y palancas
sustituyen la voz de Yago. Ha dejado el canal abierto, pero ahora dedica toda
su atención a ganarle tiempo a un final que se aproxima inexorable.
Fuera, varias personas rodean a
Rebeca, abrazándola y rezando porque Yago lo consiga.
Pasan los dos minutos y la tensión
se comienza a notar. Aún faltarían otro par de minutos para evitar que la
catástrofe salga al exterior. Algunos se arrodillan a suplicar a un dios, otros
se sientan pensando en todo lo que cambiaran sus vidas si salen de esta. Unos
pocos miran al cielo, disfrutando quizá de su último momento.
-
Rebe, zssst, Rebe.
-
Yago, dios mío, Yago.
- Ya está –tose gravemente-, ya da tiempo
a que zssstt erre. Se cerrará a zssstt po.
-
Lo has hecho, nos has salvado a todos. ¿Me
oyes? Nos has salvado a todos.
-
Bueno zsssttt –tose nuevamente-, no
podía dejar al mundo sin tu presencia.
-
Yago, te quiero, ¡te quiero!
Un sonido de metal rozando contra
cemento se escucha rugir por todo el edificio, la señal inequívoca de que está
totalmente aislado del exterior. Los gritos de alegría, los abrazos, los
choques de manos empiezan a sucederse.
-
Yago, ¡¡Yago!!
-
Detente –se agacha Francisco junto a
ella-, ya ninguna señal puede entrar o salir del edificio.
Rebeca se queda sentada mirando el
walkie-talkie, sus lágrimas siguen resbalando por su apesadumbrada cara, no es
capaz de soltarlo, como si fuera el último lazo que lo une a Yago. Algunas
personas se aproximan a consolarla y a decirla que ha sido un héroe.
Un fuerte estruendo sacude la zona.
Es como un pequeño terremoto que amenaza con tirar a todos al suelo. Las
alarmas de los coches suenan en varias manzanas, algunas alarmas de locales
también. Durante casi un minuto prosigue, descendiendo en intensidad, hasta que
por fin se detiene.
El walkie-talkie cae de las manos
de Rebeca e impacta contra el suelo, instantes antes de que ella se desmaye en
los brazos de aquellos que estaban consolándola. El desvanecimiento la atrapa y
justo en el momento que todo se vuelve oscuro, cree ver la cara de Yago
sonriéndola y diciéndola que todo va a ir bien.