lunes, 13 de julio de 2020

Buscando


Busco a alguien que aprecie mi poesía, mi cercanía, mi fragancia, mi ironía.
Alguien que se despierte cada día y que me diga esta boca es mía.
Sin farándulas ni adornos, sin tormentos y con porno.
Quizá que el viento me arrastre y yo a ella también, a la cama o al fin del mundo, da igual donde caer.
No ha de ser de otra forma que con pasión y sudor. Pues donde el fuego prende, siempre deja calor.
Y no es una rima que sirva para convencer, ni una cantinela que se deje entrever.
Es una respuesta directa a una pregunta indiscreta.
Es la lengua al maniobrar para un gemido arrancar.
Es el mayor de los secretos, el mejor guardado, es poesía de tus ojos directa a mi corazón enamorado.
No acierto a explicar, ni ella a comprender, que sus ojos son estrellas cegándome sin querer.
Lanzo este clamor al viento y que aterrice donde tenga que ser, pues a un corazón sediento solo poesía se le da de beber.

miércoles, 22 de abril de 2020

Destino

Oh terrible destino, asfaltado con los huesos de los caídos que, presuntuosos, trataban de cambiar de camino y eludir al que teje lo que debe suceder.
Pobres infelices que en su ignorancia ofendían a las divinidades, tratando de separarse en vano de aquello que ya estaba escrito.
Pues oíd bien esta vez tú y tus compañeros que os autoproclamáis dioses. Yo pelearé por cambiar mi camino y no pereceré como los que aquí yacen, pues de sus errores aprendí. No hendiré el aire con metal fraguado, ni protegeré mi persona a golpe de escudo o con cuero tachonado.
Escuchad atentamente, será mi pluma la que golpee con magnífica precisión y mi mente la que defienda con argumentos a mi persona.
Y si he de ser consumido por el tiempo, que mi hazaña vierta ríos de tinta que derroten el paso de los años volviendo mi nombre inmortal y, así, viviendo más allá de la muerte, lejos ya del reino del destino.

viernes, 10 de abril de 2020

Te quiero (Capítulo III)

Ir al Capítulo I

Ir al Capítulo II

Ya llegó el viernes. Camino del trabajo ella piensa en que hoy, que todo estaba ya preparado y funcionaba correctamente, podría estar más tranquila. Sólo tenían que hacer un par de experimentos más cortos que el de ayer y podría ir a descansar el fin de semana.

Tras realizar el primero de ellos, que dura menos de una hora, se toma un descanso y, ya en la cafetería se sienta con Yago.
-          ¿Qué tal, reina?
-          ¿Tú también –le sonríe- paras ahora?
-          Claro –sonríe-, como paráis el aparato, nosotros también paramos.
-          Ah. Es cierto –hace una ligera pausa-. Y se me olvidó decirte ayer, gracias.
-          ¿Gracias? –se acerca un poco a ella- ¿Por qué me das las gracias Rebe?
-          Por animarme a hablar con Francisco y así fue todo estupendamente.
-          Ya ves.
-          Por –lo interrumpe- animarme, por esperarme, por ser tan amable conmigo, por los detalles que tienes, por tus dulces palabras.
-     Vaya –se reclina en la silla sonriente-, ten cuidado que se te derrite el corazón de hielo.
-       Bobo –le golpea con el dorso de la mano en el brazo-, luego dices que no te trato bien.
-          Es broma –la agarra la mano-. No tienes que darme las gracias, todo eso lo hago porque quiero y porque así lo siento, no hay nada que agradecer.
-       Pero –se sonroja al notar la mano cálida que la toca-, aún así, gracias por todo.
Un hombre se asoma a la entrada de la cafetería y llama a Yago para que vuelva al trabajo.
-          Bueno –se levanta apenado-, tengo que irme. Luego nos vemos a la salida.
-          No tienes por qué esperarme.
-          Sé que no tengo que hacerlo, lo hago porque quiero –y se aleja-.
-          Yago.
-          Dime –se gira antes de salir por la puerta-.
-          Se te olvida el walkie-talkie.
-     Gracias –roza su mano suavemente-, que sin esto no me coordino con el resto de la seguridad.
Se marcha por la puerta, mientras Rebe no puede apartar la mirada de la salida, hasta unos segundos después de que ya no se le vea. Durante unos minutos se queda sentada, con la mirada perdida y sus pensamientos sólo se centran en él.

Francisco consulta el tiempo que lleva el segundo experimento y comenta lo perfecto que está yendo todo. Todo el mundo se alegra. Pero a los pocos minutos.
-     ¡Alerta! ¡Alerta! Los parámetros están cerca de exceder los límites establecidos –resuena una voz metálica en el laboratorio mientras se encienden otra vez las luces de emergencia-.
-          Rebeca, otra vez lo de ayer. ¡Cada cual –grita- ya sabe lo que tiene que hacer, ayer lo recuperamos rápidamente y hoy no será menos!
-          Francisco –dice ella asustada-, los parámetros están por encima de los de ayer.
Como el día anterior, las órdenes se suceden y pasan unos minutos tecleando sin parar y revisando los datos que las pantallas ofrecen.
-          Francisco, no logramos estabilizarlo.
-          Lo veo.
-          ¡Francisco! –grita nerviosa-.
-          Apáguenlo, apaguen el acelerador cuántico. Dense prisa.
-          ¡A mi señal! –grita ella- Apagado en tres, dos, uno. ¡APAGUEN!
El personal se vuelve frenético, bajando palancas, activando protocolos en sus ordenadores, manipulando las herramientas que tienen cerca para lograr el apagado completo. Rebeca se queda observando el indicador de actividad del núcleo, esperando el momento en que el contador deje de subir.
La gente gritando “hecho” se va sucediendo por toda la sala, hasta que él último confirma el apagado general del acelerador cuántico.
Ella mira el indicador y pese a no ser creyente, empieza a rezar porque deje de subir. Un minuto, que se la antoja una eternidad, transcurre y los números siguen ascendiendo, cada vez a un ritmo mayor.
-          Francisco –se gira repentinamente y con cara de asustada-, no se para.
-     ¡NO! Avisa  a seguridad –se gira a su terminal-. Nosotros trataremos de controlar el acelerador.
Rebeca con un gesto rápido coge el walkie-talkie de la mesa y llama a seguridad para que inicien los protocolos de parada de emergencia del aparato. El trabajo se vuelve frenético en la sala, cada uno tratando de hallar un método que pare o al menos ralentice la actividad del núcleo.
-          Quietos todos –grita ella-, van a tomar el control remoto del sistema los de seguridad. Dicen que en menos de un minuto tendría que decaer la actividad del aparato.
Algunos cuentan cada segundo, otros sólo se quedan mirando a la nada y otros repasan los motivos que les trajeron a trabajar en esto, pero todos esperan impacientes la noticia de que realmente se está parando.
-          Estos niveles no pueden ser verdad –grita Rebeca al ver el indicador-.
-          ¿Qué niveles? –se acerca Francisco a ver los números-
Al leerlos se retira para atrás asustado. Apenas es capaz de dar crédito a lo que ve. Han subido demasiado rápido para cualquiera de los cálculos que habían realizado. Ni en sus peores pesadillas se había imaginado algo parecido.
-          Salid –atina finalmente a decir-, salid todos de aquí. ¡Rápido! Rebeca avisa a seguridad que procedan al cierre del complejo, en quince minutos va a colapsar el núcleo.
Coge el walkie-talkie nuevamente y avisa sobre las malas noticias a seguridad.
Se empieza a escuchar por la megafonía del edificio que se abandone de forma ordenada el complejo y salgan todos a sus zonas de evacuación en el exterior.

Tras cinco minutos, todo el mundo está fuera, sólo queda un guarda de seguridad y Rebeca en la puerta de salida.
-          Debería salir ya señorita –la aconseja mientras la señala la puerta-.
-          Pero mi amigo Yago aún no ha salido, ¿y si le ha pasado algo?
En ese momento aparece tras una esquina del pasillo y se encamina hacia la salida.
-          Tenía que coger la tablet en la que ver los progresos del sistema de cierre y del núcleo.
-          Venga –se apresura a decir el guardia-, salgamos, que ya no queda nadie.
-          Está seguro –le mira fijamente Yago-, ¿no queda nadie más?
-       Seguro, mis compañeros me han confirmado que sólo faltaban dos personas, y son ustedes.
-          Perfecto. Salid fuera que tengo que programar el cierre de esta puerta.
-      ¿Por qué? Se cierra sola –reclama ella mientras le aferra con fuerza la mano-.
-          Problemas de la electrónica –agita la tablet con la otra mano-, está dando errores y quiero asegurarme de que no va a fallar.
-          Yo –agarra su mano con más fuerza-.
-          Ve –la besa la mano-, que tengo que acabar con esto.
Ambos salen al exterior dejando a Yago trabajar rápidamente en los controles de la puerta.
De repente, las puertas automáticas se cierran ante la sorpresa de la gran mayoría. Rebeca se asombra, aún sigue él dentro. Y cuando trata de reaccionar, ve horrorizada cómo la puerta metálica exterior de la entrada principal empieza a bajarse. Sale corriendo hacía ella y apenas llega a cuando le falta la mitad por descender.
-          Yago, ¡Yago!
Comienza a golpear la puerta metálica, y sus gritos empiezan a mezclarse con el llanto. Un par de guardias acuden para alejarla de la puerta y aunque ella trata de resistirse a abandonar la entrada, la separan de allí.
Cuando parece que se tranquiliza un poco, aprovecha para robarles un walkie-talkie y volver a la puerta. Localiza el canal y presiona el botón para iniciar la conversación.
-          Yago, Yago.
Sólo un ruido de estática responde.
-          Yago –comienza a sollozar-, Yago.
-          Rebe –se oye por el altavoz-.
-          ¿Qué has hecho? ¿Por qué no sales?
-          Los cálculos están mal, al núcleo le quedan dos minutos para colapsar.
-          Pero…
-          Las compuertas de seguridad todavía necesitan cuatro minutos para acabar de cerrarse y contener la explosión.
-          Pero tú –las lágrimas recorren su rostro-…
-          Puedo desviar la energía y ralentizar el proceso del núcleo, si lo logro daré tiempo a que se cierre completamente el complejo.
-          Pero morirás dentro, no lo hagas.
-          Si no lo hago, moriremos todos y arrasará con todo lo que esté en un radio de kilómetro y medio. No puedo dejar que eso pase.
-          No, no puedo perderte.
Ruidos de teclas y palancas sustituyen la voz de Yago. Ha dejado el canal abierto, pero ahora dedica toda su atención a ganarle tiempo a un final que se aproxima inexorable.
Fuera, varias personas rodean a Rebeca, abrazándola y rezando porque Yago lo consiga.
Pasan los dos minutos y la tensión se comienza a notar. Aún faltarían otro par de minutos para evitar que la catástrofe salga al exterior. Algunos se arrodillan a suplicar a un dios, otros se sientan pensando en todo lo que cambiaran sus vidas si salen de esta. Unos pocos miran al cielo, disfrutando quizá de su último momento.
-          Rebe, zssst, Rebe.
-          Yago, dios mío, Yago.
-        Ya está –tose gravemente-, ya da tiempo a que zssstt erre. Se cerrará a zssstt po.
-          Lo has hecho, nos has salvado a todos. ¿Me oyes? Nos has salvado a todos.
-          Bueno zsssttt –tose nuevamente-, no podía dejar al mundo sin tu presencia.
-          Yago, te quiero, ¡te quiero!
Un sonido de metal rozando contra cemento se escucha rugir por todo el edificio, la señal inequívoca de que está totalmente aislado del exterior. Los gritos de alegría, los abrazos, los choques de manos empiezan a sucederse.
-          Yago, ¡¡Yago!!
-          Detente –se agacha Francisco junto a ella-, ya ninguna señal puede entrar o salir del edificio.
Rebeca se queda sentada mirando el walkie-talkie, sus lágrimas siguen resbalando por su apesadumbrada cara, no es capaz de soltarlo, como si fuera el último lazo que lo une a Yago. Algunas personas se aproximan a consolarla y a decirla que ha sido un héroe.
Un fuerte estruendo sacude la zona. Es como un pequeño terremoto que amenaza con tirar a todos al suelo. Las alarmas de los coches suenan en varias manzanas, algunas alarmas de locales también. Durante casi un minuto prosigue, descendiendo en intensidad, hasta que por fin se detiene.
El walkie-talkie cae de las manos de Rebeca e impacta contra el suelo, instantes antes de que ella se desmaye en los brazos de aquellos que estaban consolándola. El desvanecimiento la atrapa y justo en el momento que todo se vuelve oscuro, cree ver la cara de Yago sonriéndola y diciéndola que todo va a ir bien.

miércoles, 8 de abril de 2020

Te quiero (Capítulo II)

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Amanece un nuevo día, un jueves como cualquier otro, si no fuese porque la mente de Rebeca está pensando en ese fallo que pueden haber detectado. Se levanta con ojeras, apenas ha dormido, tanto darle vueltas a lo que puede pasar no la ha permitido descansar.
Camino al coche evalúa mentalmente todo lo que podría causar problemas. Se imagina todo, desde que un fallo leve provoque que se retrase el experimento, a que falle en mitad de este y no sirva para nada. Incluso imagina el peor hecho posible y es que se descontrole todo y el núcleo empiece a colapsarse hasta que alcance una masa crítica y estalle arrasando con todo en kilómetro y medio a la redonda.
Trata de quitarse ese mal fario de la cabeza. Han hecho muchas pruebas previas y teóricamente todo está correcto. Además, hay mucha gente brillante junta y pensando en lo mismo, seguro que todo está controlado.

Son las nueve de la mañana y está nerviosa mientras todo el mundo se dirige hacia el laboratorio de pruebas. Antes de entrar una mano la agarra suavemente del brazo y la retiene durante un instante.
-          Pero que…
No acaba la frase al darse cuenta de que es Yago el que tira de ella.
-      Quería desearte buena suerte –mira hacia el interior del laboratorio-, ya sabes, antes de que      todo esto empiece.
-          ¿No –sus ojos buscan los de él- vienes?
-          No puedo, tengo que controlar que todas las seguridades están activadas y los protocolos listos.
-          Ya –se decepciona un poco-, tienes también tu parte.
-      Ey –la gira la cara para mirarla directamente a los ojos-, todo va a salir bien, ¿de acuerdo?
-          Sí, claro. Espero que así sea.
-     Ya verás que sí, tranquila, y si no –hace un gesto al botón del walkie-talkie- llamas, y voy al rescate, jajaja.
-          De verdad –sonríe-, no sé cómo te aguanto.
-     Pues porque hay un sentimiento –la señala y se señala así mismo- entre nosotros.
Una voz surgida de la megafonía insta a que todos entren en el laboratorio para que comience el experimento.
-          Nos vemos en un rato Yago.
-          Yo te veo siempre en mis pensamientos, reina.
Entra en el laboratorio con una sonrisa y la sensación de que todo va a ir sobre ruedas.
Mientras se da la charla inicial, ella repasa mentalmente la parte de la exposición que la toca contar y se repite una y otra vez los puntos más importantes a remarcar. Tras un buen rato de presentaciones y explicaciones, comienza por fin el experimento.

-   ¡Alerta! ¡Alerta! Los parámetros están cerca de exceder los límites establecidos –resuena una voz metálica en el laboratorio mientras se encienden las luces de emergencia-.
Rebeca y Francisco se abalanzan sobre los ordenadores que controlan el experimento, miran rápidamente los valores que ofrece y tras una rápida evaluación, ambos comienzan a manejar los teclados.
-          Francisco –grita apurada-, es lo que te dije anteayer.
-          Si, tenías razón. Inicia la rutina de la que hablamos, a ver si conseguimos controlar el experimento. ¿Cómo va el indicador de actividad del núcleo?
-          Sube lentamente.
-          Tenemos que estabilizarlo.
-          ¿Y si –gira la cabeza hacía su superior- no se puede?
-          Pues habrá que abortar el experimento, no podemos arriesgarnos a dañar el equipo.
Los minutos pasan como si fueran segundos. Trabajan rápidamente en los terminales, pero no parece suficiente. Ambos gritan órdenes a otros trabajadores de la sala, que las ejecutan tan velozmente como son capaces.
Y de repente, sin previo aviso, los sonidos y luces de alerta se apagan.
Tras comprobar detenidamente otra vez los valores que ofrecen las pantallas, y tener la confirmación de que el indicador de actividad del núcleo está bajando, finalmente Francisco habla al personal allí presente.
-          No se preocupen, está todo bajo control y solamente ha sido un pequeño susto.
-          ¿Y el experimento? ¿Se ha –pregunta titubeante un hombre vestido de traje oscuro- perdido?
-          No –responde rápidamente Rebeca-, por suerte seguimos adelante. Sólo ha sido un ligero desajuste y nuestros ordenadores, por medidas de seguridad, nos han puesto en alerta.
Finalmente, acaba el experimento y todos en el laboratorio se felicitan entre sí por el éxito, son los primeros en conseguir resultados en este campo. Los agradecimientos se suceden y especialmente cuando llega la hora de Francisco y Rebeca.

En la salita espera Yago con un traje azul oscuro con rayas finas color cián, un aroma a perfume y una sonrisa amplia. Cuando atraviesa la puerta Rebeca con su falda negra drapeada con rayas grises y su blusa corte imperio en azul royal, la recibe con una reverencia.
-          Anda, exagerado –le hace un gesto para que se incorpore-.
-     Si eso es una exageración, esto… –saca una rosa que ocultaba tras su espalda- ¿qué es?
-          Una exageración aún mayor –ríe profusamente-.
-          Bueno, señora…
-          Señorita –interrumpe-, que estoy fuera de casa.
-          Me concede el honor de, ya que está tan elegante, ¿ir a tomar algo conmigo para celebrarlo?
-          Tú también –lo mira detenidamente- estás muy elegante.
-          Bueno, sólo intento estar a la altura de tan magnífica mujer, que aparte de maravillosa, guapa, simpática y amable, ha logrado un gran avance en el tema de la radiación gamma.
-          Bueno –se sonroja-, te has pasado con tanto piropo, ZALAMERO.
-          Solamente digo lo que ven mis…
-     Ojos. Me sé tu cantinela. Y –se detiene un momento antes de salir del edificio-, se te olvida el susto que hemos tenido.
-       Bueno, un sustito –junta los dedos gordo e índice para mostrar que fue pequeñito-, nada más.
-          Sí, un sustito, casi se me para el corazón.
-     Si desde seguridad apenas nos hemos preocupado, lo teníais todo bajo control.
Se abre la puerta de salida, y cuando están completamente fuera, respira Rebeca profundamente.
-       Bien, señorita, como iba diciendo, ¿me concederá el honor de ir a tomar algo?
-      Claro que sí, hemos quedado en el bar Castillejo a tomar algo con los compañeros.
-      Oh, qué inesperada traición, alentáis a mi corazón con una respuesta positiva, para quitarle las ilusiones con la continuación.
-       Te he dicho que eres… –lo mira detenidamente intentando contener la carcajada- BOBO.
-          No sé si mi corazón hecho pedazos será capaz de soportar tanto dolor.
-          Pues o te das prisa, o tu pies probarán mis tacones y sabrás lo que es el verdadero dolor.
-          No sabía que te iban esas cosas, pero no me importa…
-       Calla –pone el índice en sus labios para ser más taxativa en su frase- y anda, que no andas nada.

Entre risas y tonteos llegan al bar en cuestión. Dentro están la mayoría de sus compañeros, algunos de ellos ya perjudicados por el alcohol. Se paran un segundo a la puerta y se miran durante un instante. Yago parece esperar una señal que los aparte de este gentío, pero ella avanza hacia el interior del local.

Unas horas después, con la mayoría de los compañeros rumbo a sus casas o demasiado borrachos para poder ir aún, Yago y Rebeca salen del bar. Las risas se suceden y sin darse cuenta llegan de vuelta a los coches que tenían aparcados en su trabajo.
-       Bien –mira su móvil y sonríe-, aún tenemos tiempo para llegar al restaurante japonés.
-          Estoy muy cansada.
-          Pero tendrás que cenar, y ¿qué mejor que te lo den hecho?
-       Lo agradezco –apoya su mano en el pecho de él-, de veras, pero sólo quiero llegar a casa, ducharme e irme a dormir, que me muero de sueño.
-          Sabes que estás rompiendo una promesa.
-          Yo nunca acepté esa premisa.
-          Pero –la agarra la mano-, sabes que me debes una cena.
-       Lo sé –baja la mirada tímida-, cuando estemos más tranquilos te prometo que iremos a cenar.
-       Lo has prometido –la suelta la mano mientras se aleja de espaldas-, y tienes que cumplirlo.
-          Lo haré y, -hace una pausa y le señala con las llaves en la mano- esta vez sí lo he prometido.
-          Jajaja –ríe fuertemente caminando ya de frente hacia su coche, levantando la mano derecha y negando con ella-. ¡Y no se me olvidará!
Al llegar a casa, libre de toda la presión del día, Rebeca se libera también de la ropa y se sumerge en un cálido baño con sales aromáticas. Tras casi una hora, que se la ha pasado como si fueran dos parpadeos, sale de la bañera y se encuentra un mensaje de Yago en el móvil: “Gran trabajo. Grande Rebe, muy grande. Descansa reina, te lo has ganado”.
Empieza a pensar en él, en que la gustaría pasar más tiempo juntos, cenar con él y, bueno, quién sabe qué más cosas. Una sonrisa la ilumina la cara, no sabe por qué, pero cuando piensa en él y le dice esas cosas tan bonitas, no puede dejar de sonreír. En fin, ya habrá tiempo para eso, más adelante. Aún queda mucho trabajo por hacer.
Una cena ligera, zapear un rato entre canales buscando algo interesante y, por fin, llega la hora de ir a dormir. Justo cuando va a apagar la luz de su mesilla, recuerda que no respondió a Yago. Abre su conversación y le manda solamente un icono, un beso.

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