Los días transcurren a cámara lenta, no distingo un lunes del miércoles, ni un jueves de un martes. No se las semanas que llevo así, simplemente se van acumulando unas tras otras. Solo sé que es fin de semana porque no voy al trabajo.
Creo recordar que es Navidad, los deberes familiares
me sacan ligeramente de mi ensoñamiento, cenas, comidas que se suceden entre
jolgorios y mi cara de todo es estupendo.
Ayer me pareció reconocerla entre la multitud, quise
gritarla cuando caí en la cuenta de que no podía ser ella.
Empecé a escribir un diario, me dijeron que era lo
mejor, no sé si un psicólogo o quien, pero trate de probarlo. Y no funciono,
simplemente resulto una pérdida de tiempo, de tinta y de papel. Tire el diario.
Me acueste a la hora que me acueste, siempre me
despierto a las 4:35 y ya no puedo volver a dormir. Al principio me quedaba en
la cama tratando de descansar, ahora solo me relaja asomarme al balcón y
tomarme un vodka. Creo que debería tirar todas las botellas vacías que empiezo
a acumular en la cocina.
Es curioso como el frío resulta gratificante y
mitigador en las madrugadas. Algo en su gélido toque consigue que no esté
tenso, aunque apenas siento su presencia pese a contar con algo más que un
pijama y un albornoz encima.
Hablar solo en la noche me reconforta. Es como si
ella estuviera aquí y pudiera…
Grabo mis desvaríos nocturnos, quizá alguna persona
pueda sacar algo de ellos, o puede que solo lo haga para no sentir que hablo
totalmente solo.
A veces, cuando llueve, abro las ventanas y dejo que
las ráfagas de aire me salpiquen con el agua que cae, incluso aciertan en el
vaso. Es divertido ver como la lluvia despeja la ciudad, no solo de basura o
polvo, también de gente. Y tras el chaparrón, la calle se queda muerta,
solitaria, como un amante que ya no sirve para amar.
El otro día en el trabajo, se me acerco una chica
nueva, o al menos yo no la había visto antes. No acierto a recordar lo que me
dijo, solo sé que la respondí como a los demás, con una mezcla de humor y
simpatía que hizo que al irse dijera a otra compañera que yo era muy agradable.
Cada día que pasa me cuesta más ponerme la máscara e
ir a trabajar, ya ni esa rutina consigue distraerme lo suficiente.
Hoy me paso algo gracioso, mientras bebía a las 5 de
la madrugada, mi vaso casi vacío se precipito por la ventana y acabo estrellándose
contra el suelo. La gracia viene cuando mientras caía, mi único pensamiento era
si tendría miedo a su fin. Afortunado vaso.
Sin querer hoy he escuchado esa canción, nuestra
canción, no me di cuenta y mientras conducía sonó en la radio. La apague y pare
el coche. Mis ojos se llenaron de lágrimas y hasta después de un tiempo no pude
continuar.
Borro conversaciones, no me gustan, me vuelvo a
escuchar y tengo que borrarlas, otras, en cambio, las dejo sin ningún motivo.
Me arrepiento de eliminarlas, me digo que eso no era lo que debería hacer.
Faltan fechas, no pongo fechas a estas cosas, ni
siquiera tengo un sistema para clasificarlo. Creo que los audios tienen fecha o
algo así, solo los acumulo al sacarlos de la grabadora. Mis pensamientos no
tienen ningún orden concreto.
Hoy he ido a trabajar, pero hoy era domingo, no
tengo muy claro que paso, solo llegue allí y estaba cerrado. Al mirar a mi
alrededor y ver la falta de ajetreo de un día de diario, bueno, he vuelto a
casa… al piso.
Mientras sostenía la grabadora, me he dado cuenta
que mi mano temblaba, no podía controlarlo y he tenido que sentarme en el suelo
del balcón, suerte que no estaba frío porque empieza a hacer buen tiempo. Creo
que me he debido quedar algo traspuesto, pues se me ha pasado el tiempo.
Vuelvo
del trabajo, y acabo de dejar el maletín, ponerme un vodka doble solo y agarrar
la grabadora. Hace un año, hoy hace un año y… nnnooo see qqquuueee decir.
No
me queda nada por lo que luchar, no hay nada por lo que vivir desde que ella se
fue. La vida solo pasa a cámara lenta, la comida no tiene sabor, el alcohol no
surte ningún efecto y ya no siento nada, solo el dolor de cada inspiración y
como cada expiración no saca la vida lo suficientemente rápido de mí.
Despierto
a la hora de siempre, todo mi cuerpo tiembla, pero fuera hace buena
temperatura. Veo la calle vacía y siento que estoy como ella, sin nada, sin
nadie, muerta. Ya no hay nada que me empuje, ya no tengo metas que cumplir, ya
he hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida.
Vuelvo a temblar, el
vaso de mi mano se precipita y mientras se dirige a convertirse en trocitos al
frenar su caída contra el asfalto, solo puedo pensar: “que fácil sería”.